I. La construcción del Teatro Principal de Alicante

I. La construcción del Teatro Principal de Alicante

Corrían los años de 1844 a 1846. Alicante crecía y prosperaba a impulsos de su comercio; su radio de acción a través del océano, conseguían abrir en tierras de América mercados insospechados. Por ello, sentía la necesidad imperiosa de convertir en puerto la rada donde fondeaban los barcos de su comercio; y bajo la dirección del ingeniero don Elías Aquino, construyó más de trescientos metros de espigón y una bellísima farola, que según dicen las crónicas, medía treinta y cinco metros de altitud.

No bastaba con ésto. Era preciso poner en comunicación directa la ciudad con Valencia y con la capital del Reino. Para lo primero, comenzó la construcción de dos grandes carreteras, bajo la dirección del ingeniero don Agustín Berecibar, una por Alcoy y otra por la costa, pasando por los pueblos más importantes de la Ribera; y para la comunicación con Madrid, puso sobre el tapete el proyecto de ferrocarril, con los estudios hechos por los Ingenieros, Sres. Subarcase y Peironet.

Para atender el cultivo de la inteligencia consiguieron nuestros abuelos, la Real Orden de 30 de septiembre de 1845, concediendo la creación del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, que se instaló en la casa de la Asegurada; edificio de sillería construído en 1685, para depósito triguero, junto al Palacio de los Duques de Maqueda y frente a la iglesia de Santa María, donde hoy se encuentra instalada nuestra Escela de Comercio.

Precisaba entonces pensar en el asunto espectáculos, indispensable para la atracción de forasteros en toda población que desea progresar. A este fin, se proyectó la construcción de una gran plaza de Toros en terrenos del Barrio de San Antón, para reemplazar a la de madera que existía en el Barranquet, sitio que hoy ocupa la plaza de Chapí y del que arranca la Avenida de José Antonio.
En medio de todos estos adelantos, Alicante sentía la necesidad imperiosa de un teatro que reemplazase al viejo, pobre e insuficiente teatro Español, que se alzaba en la calle de Liorna, donde aún se conservan los restos de su portada. Para llevar a efecto este anhelo de la ciudad se reunieron los comerciantes alicantinos y ante el notario Sr. Cirer y Palou, otorgaron, en 10 de octubre de 1845, escritura por la que se asociaban para la construcción de un gran teatro en el sitio denominado del Barranquet, junto a la plaza de toros de madera allí existente, próxima a desaparecer.

En el escaso tiempo de tres meses, llevaron a feliz término las gestiones necesarias para realizar su plan, y el día 28 de enero de 1846, firmaron el convenio de construcción del teatro, colocando con toda solemnidad la primera piedra, a las dos de la tarde de aquel día, memorable desde entonces en la historia de Alicante.

Se encargó de la dirección facultativa de las obras el arquitecto don Elías Jover, quien dando gran impulso a las mismas, entregó el teatro totalmente terminado –con coste de 200.000 pesetas- , a los veinte meses de comenzada la obra, el día 24 de septiembre de 1847.

¿Qué es lo que Jover había construído? Indudablemente el edificio más bello que dedicado a teatro existe desde entonces en España. Los hay seguramente más ricos, más espaciosos, más cómodos; pero con la majestad de las líneas señoriales de nuestro Teatro Principal, no hay otro teatro en España que le iguale.

Sobre un plano de sesenta metros de fondo por treinta metros de fachada y veintitrés de elevación, levantó Jover un edificio soberbio, de orden dórico purísimo; con seis enormes columnas que sostienen un ático sobriamente elegante con cierto parecido al Congreso de los Diputados de Madrid y al templo de la Magdalena de la capital francesa.

Dijo de él cierto cronista de la ciudad, que parece un templo griego dela época de Pericles; un santuario mitológico de los tiempos de Platón.

Hoy se conserva de aquel edificio la austeridad de sus muros y la elegancia de sus fachadas. En su interior, en cambio, ha ido perdiendo sus encantos primitivos.

Aquel soberbio vestíbulo cuyos rincones fueron testigos de tertulias de altos vuelos literarios, y quizás, quizás de más de una conspiración política en vísperas de elecciones, es hoy moderno café, sin sabor de historia.

Y aquel grandioso salón, que en el piso principal decoró el artista catalán José Planella, con recuerdos de la Alhambra y el Alcázar sevillano; con zócalos de mosaicos y calados arabescos; con sus lámparas colgantes que hacían reflejar el oro de sus paredes, fué con el tiempo perdiéndose, al desoír quien pudo poner a este mal, remedio, los constantes avisos de angustiosa alarma que los artistas de Alicante dieron.

Aquella joya arquitectónica se inauguró, por fin, la noche del 25 de septiembre de 1847, poniéndose en escena “Guzmán el Bueno”, el drama de Gil y Zárate, que se ha vuelto a representar, al cumplirse cien años de aquella fecha, la noche del 25 de septiembre de 1947, por la Compañía que dirige don Luis B. Arroyo.

Seguramente el teatro debió ser aquella noche del pasado siglo, la antesala de la Gloria. Dicen que un grueso tapiz alfombraba la distancia desde la calle hasta el patio de butacas y la escalera que daba acceso a los palcos; y en ese tapiz muellemente pisaban los delicados pies de nuestras abuelas, prisioneros en sus zapatos de raso. Crujían al andar las sedas de sus vestidos que abultan las caderas sobre la cintura de estrechez inverosímil. Dos gruesos tirabuzones pendían junto a la cara, que discreta, recataban las plumas del abanico que sostenían con sus manos enguantadas. Pasaban por el vestíbulo apoyadas en el brazo de nuestros abuelos jóvenes o los bisabuelos viejos, embutidos en el frac marrón o azul con los botones dorados; con sus chalinas de encaje prendidas con broches de gran valor, y el pantalón ajustado rematando en la trabilla que cubría una gran parte del zapato de charol.

Al llegar a la sala de espectáculos, las parejas eran allí recibidas por aquellos comerciantes fundadores del teatro. Don Tomás España, don Pascual Vasallo, don Francisco Martínez Morales, don Antonio Campos Doménech, el Conde de Casa-Rojas y el Marqués de Santa Clara, don Gaspar White, don Mariano Valls, don Pedro García...; allí estaban todos ocupando los precisos puestos en que aquella noche el deber les reclamaba.

La lámpara desde el techo, descendiendo lentamente con luminarias de aceite, daba vida a los colores de aquel cuadro de belleza sin igual; preludió la orquesta dirigida por el gran maestro Villar, y en medio de un silencio impresionante, comenzaba la función en la noche de aquel día, desde entonces memorable en la historia de la ciudad de Alicante.

A partir de aquella anoche, el teatro Principal fué el lugar preferido de reunión de los amigos del arte.
En el siguiente año de 1848, el Principal es el lugar de cita de todos los alicantinos. Nuestro ilustre comprovinciano señor Pastor de la Roca nos deja recuerdo de sus veladas en las dos revistas que él dirige: “La Nave” y “El Avisador”.
El 25 de julio de 1849 vuelve a poner en escena el “Guzmán el Bueno”, de Gil y Zárate, encargándose de representar el papel de protagonista nada menos que Calvo, el divino actor, a la sazón director de los teatros del Reino.

En agosto de aquel mismo año se estrenó en Alicante el drama de Zorrilla: “Traidor, inconfeso y mártir”. En septiembre se estrenó “El abuelo”, y el 13 de diciembre se representó por primera vez “El hombre de mundo”, la obra que, pasado el tiempo, tanta gloria había de dar a María Guerrero, a Fernando Díaz de Mendoza y a Emilio Thuiller, que unidos los tres en famosa compañía, la eligieron para inaugurar el teatro María Guerrero, de Madrid, la noche del 9 de diciembre de 1910.

Las empresas que se constituyeron para la explotación del teatro, hasta después del año noventa, todas lo fueron bajo la iniciativa y dirección de don Francisco Villar, que durante todos aquellos años dirigió la orquesta del Principal. Bajo su dirección cantaron, entre otros, Ana Lagrange, Cristina Villó, Sofía Peruzzi, María Barrientos y Julián Gayarre, que en abril de 1887 cantó “Favorita” y “Lucrecia”; los conciertos de Sarasate se celebraron en abril de 1887; y entre las temporadas de aquella época, llega hasta nosotros, como más destacada y en un hermoso folleto de don Ernesto Villar y Miralles, la actuación en abril de 1890 de la compañía dirigida por el maestro Goula, que puso en escena “Lucrecia”, “Fausto”, “Rigoletto”, “El Trovador”, “Lucía”, “La Africana”, “Sonámbula”, “Hugonotes” y “Roberto el Diávolo”, alcanzando alguna de ellas hasta tres representaciones consecutivas.

De esta forma, oyendo a los mejores cantantes y a las mejores orquestas, se formó aquel público selecto del palco corrido y delantera del paraíso que llegó a ser respetado y temido por los artistas, como pudieran serlo los públicos del Real y del Liceo.
También en aquella época desfilaron por nuestro escenario, Julián Romea, José Valero, Pedro Delgado y Ricardo Calvo. Y más adelante, comenzado ya el siglo XX, Morano, Tallaví, Borrás, Thuiller, los esposos Guerrero-Mendoza, Catalina Bárcena y Margarita Xirgu.

El año 1851 nace en Alicante, Miguel Soler, aquel eminente bajo que paseó triunfante con su portentosa voz, por los escenarios de España, el nombre de la ciudad que se honró con ser su cuna. Entre sus mayores triunfos está el que logró en Madrid la noche del estreno de “La Tempestad”.

Aquel gran actor, retirado ya de la escena, montó en nuestra ciudad una escuela de cantó, de la que tantos buenos discípulos salieron para el teatro.
Otro gran cantante alicantino fué el tenor Ricardo Pastor, que tantas veces se cubrió de gloria en los teatros de España y de América. Nunca se cuidó de él y todo lo dió por el arte. Bien triste aquella “Tempestad” que cantó en el Principal al volver de Buenos Aires; cuando cantaba entre continuadas ovaciones: “yo de las Indias traigo un tesoro”, y en aquellos instantes se le estaba procurando un modesto destino donde ganarse el sustento. Es el tremendo contraste del Teatro: la farsa burlando en escena, la tragedia de la vida que se desarrolla entre bastidores.
Por último, brilla por aquel entonces otro gran actor y cantante alicantino, quizás el cómico que en mayores proporciones gozó de ambas cualidades. El gran Pablo Gorgé, cuya fama comienza hacia el año 96, cuando su padre, Pablo Gorgé y Soler, crea, al retirarse del teatro, la banda de música que lleva el nombre de “La Lira”, y a la sombra del Principal, el cuadro de zarzuela que llevaba su apellido. Pablito Gorgé, que así siempre se le llamó en Alicante, sentía un cariño inmenso por el Teatro Principal. Muchas anécdotas podrían contarse de su vida en relación con nosotros; pero baste una tan sólo. Acababa Pablo de lograr un triunfo personal enorme cantando en Barcelona “La Bohéme”. No descansó desde entonces hasta conseguir que se representase en Alicante; y cuando en el último acto se le hizo repetir la romanza de la “vecchia cimarra”, la repitió primero en italiano, después en español y por último en catalán. Las enormes ovaciones no dejaban materialmente continuar la representación. Aquella noche Pablito sentía como suyo el Teatro Principal, y el público sentía el legítimo orgullo de aquel cantante que enaltecía con su voz maravillosa la tierra que le vio nacer.

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