II. Los tiempos de la P.L.C.

II. Los tiempos de la P.L.C.

Llegaron los años de 1911 y 1912, y con ellos la época que pudiéramos llamar de oro del Teatro Principal. Unos cuantos alicantinos se hicieron cargo de la empresa, que pronto quedó reducida solamente a dos nombres: Luis Altolaguirre y Luis Penalva, que con el título de la P.L.C., abrieron aquellos abonos a treinta o cuarenta funciones que permitían conocer a fondo las mejores compañías líricas y dramáticas que entonces en España había y que al desfilar por nuestro escenario eran pretexto de la diaria cita que en el Principal se daba la aristocracia de la sangre, del talento y del dinero. Eran aquellos abonos largos para la función de noche que congregaban en el Teatro Principal a lo más selecto del público alicantino; aquellos abonados que en la función de tarde no ocupaban la localidad, a pesar de tenerla reservada gratuitamente, porque las tardes se dedicaban entonces al trabajo, a visitas de cortesía, a reuniones familiares o al paseo, que en los días festivos constituía la máxima atracción de las clases pudientes, que en la pista de la Explanada indefectiblemente lucían sus carruajes de lujo y sus troncos de caballos, antes de entregarse al baile en el salón Imperio del Casino o en el Oriental del Club de Regatas; de aquella clase media que gozaba en las terrazas de los cafés y casinos con los conciertos de nuestra banda Municipal y presenciaba el desfile de los coches; y de aquella otra clase social más modesta que en verano llevaba a sus hijos a refrescar los domingos en las clásicas horchaterías del tío Quico o de Sebastián el del Pasaje, y en las tardes de fiesta de invierno se confundían en la sala del Teatro Principal con los niños y las muchachas de servicio que ocupaban las localidades abonadas en la noche por aquellos señores a cuyas casas o familias pertenecían.

El abono era casi siempre el mismo. Siempre todos en los mismos palcos. Don Francisco Esplugues ocupaba sin interrupción aquel palquito interior tan acogedor para los que a diario le hacían la tertulia a doña Matilde. Aquel proscenio de abono tradicional donde don Enrique Alberola, don Francisco Aznar y don Juan Guardiola realzaban con su presencia la distinción de las veladas. La platea de “El Purgatorio”, ocupada en los primeros tiempos por Emilio Pobil, con su barba rubia; Manuel Curt, con sus barbas blancas; los hermanos Manero, con sus grandes bigotes negros, y Manolo Orts, con sus impecables indumentos; frente a ella, el palco de la “Canariera”, que hizo germinar bodas precursoras de venturosos hogares. Y en el centro del piso principal, el palco del Gobernador, presidiendo siempre en el sitio que indudablemente debiera ser reservado a la presidencia del espectáculo.

Siempre todos en los mismos sitios; y cuando una localidad variaba de titular, el nuevo abonado la ocupaba ya siempre a diario y allí lo encontraba indefectiblemente quien en cualquier otro sitio no logró localizarlo. ¡Cuántas consultas evacuó don Rafael Beltrán en su antepalco, donde más tarde reclamaron de Evaristo Manero los auxilios de su ciencia! ¡cuántas veces a don Vicente seguí le obligaron las consultas a dejar su clásica postura del brazo izquierdo apoyado en la baranda del palco para que su mano sirviera de poderosos auxiliar a su oído perezoso! Siempre todos en los mismos sitios. ¡Qué ambiente más familiar tenía entonces el Teatro Principal!

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En fiestas de Carnaval la fisonomía del teatro fué variando con el tiempo, hasta perderse completamente su característica de buen humor, con la desaparición, ¡qué pena!, de las fiestas de carnestolendas. Hace más de treinta años en los días de Carnaval trabajaban en nuestro teatro las mejores compañías, cuyo trabajo realmente no era apreciado porque los espectadores se enzarzaban en una verdadera batalla de confettis y serpentinas, entre bromas de buen gusto, que eran el encanto de aquel público que se daba el postín de pagar la localidad por asistir a un espectáculo al que no prestaba atención.

Mas tarde las fiestas de Carnaval fueron cambiando de carácter. Ya en esos días no había representación escénica y, en cambio, se organizaban diversos bailes de máscaras. En aquellas fiestas desaparecían las butacas de patio, y sobre ellas, a la altura del escenario, se montaba la pista de baile.

El sábado de carnaval era el baile del “Diario”, en el que, unidas todas las clases sociales, transcurría aquella velada cuyo recuerdo imborrable trae a la memoria de los que tuvimos la suerte de presenciarlas, aquellos concursos tan divertidos de rubias y de morenas, de mantones de Manila, de peinados y de bailes.

El domingo, por la tarde, era el baile de disfraces de los niños, encanto de los padres venturosos de aquellos tiernos infantes.

Y el martes de Carnaval, por la noche, se celebraba la fiesta del Club de Regatas. Era éste el baile más suntuoso y artístico de cuantos en estos días tenían lugar. Ricardo Pobil, de etiqueta, se deshacía en saludos a los hombres y halagos a las damas; la sala estaba magníficamente adornada con atributos del Club y con los nombres de todas las embarcaciones que dieron gloria a Alicante, vencedoras en regatas. En el centro de la pista, una tabla de salvamento era el tinglado de la orquesta que alegraba la velada; y el escenario, imitando un inmenso acuarium, era alegre restaurant.

Uno de aquellos carnavales –en el año 1904- debutó en nuestro Teatro Principal, Emilio Duval, con Pilar Martí, en la compañía dirigida por Antonio Videgain. Emilio Duval, que venía precedido de gran fama desde el año 1896, que comenzó su carrera, haciéndose célebre más tarde en el escenario de Apolo, fue por siempre amante de nuestra tierra y de nuestro público. Aquí tuvo sus mayores éxitos y aquí llegó hasta el final de su vida, muriendo frente al mar que tanto admiró siempre, en el año 1946.

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En aquella época del Principal desfilaron por su escenario los elencos más completos, cuya cita y enumeración sería prolija en este trabajo. Sin embargo, quiero citar de esta época a dos grandes figuras que el público alicantino no podrá nunca olvidar. Uno alicantino y otro, que de haber nacido en Alicante, con ello se honrara nuestra ciudad . Es éste don Emilio Sagi-Barba, el que tantas veces nos deleitó con su admirable voz de barítono, igualada tan sólo por Stracciari y por Tita Rufo. El portentoso creador de “La Viuda Alegre” y “La Princesa del Dóllar”. El que con su esposa Luisa Vela, nuestra insigne comprovinciana, triunfaron en “Golondrinas”, en “Payasos” y en todas cuantas obras representaron. El que al retirarse de la vida del teatro, en Alicante se quedó a vivir y con nosotros convivió hasta que le sorprendió la muerte en el pueblo de Polop, que el definía como el más bello del mundo.

La otra gran figura a que nos referimos fué el alicantino Arturo Lledó. Aquel eminente actor de una gracia sin igual que, del “Ciutti” del “Tenorio”, salta a primera figura del escenario de Apolo, y rápidamente se extiende su fama por toda España. Una terrible enfermedad le fué segando la vida y le venció cuando aún podía dar muchos días de gloria a la escena española.

Por temor a hacer interminable este trabajo, no haré más que citar aquellas veladas de “La Filarmónica”, las audiciones de la Orquesta de Cámara, desgraciadamente desaparecidas ambas; y aquellos conciertos que todos los años nos daba la Sinfónica de Madrid, dirigida por el maestro Arbos.

Por último, un recuerdo para aquellas funciones de aficionados que resultaban admirables representaciones. Citemos tan sólo dos: aquel “Gigantes y Cabezudos” con Chirri Dupuy de Lome y Agustín Sánchez Sanjulián, que aquella noche se revelaron como eminentes cantantes. Y aquella “Doña Francisquita”, donde Carmina Tato hizo una verdadera creación de su papel; y Lolita Latorre, la Beltrana más completa que cantó en el Principal. Don Eduardo Campos y don Juan Latorre fueron los promotores entusiastas de aquellas hermosas fiestas de recuerdo inolvidable para los que tuvimos la suerte de presenciarlas.

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Pasan los años, y cuando la muerte nos arrebata a Luis Altolaguirre prácticamente queda deshecha la Empresa. Viene después la guerra y el vendaval de las pasiones desatadas, cierra de un fuerte portazo las puertas del Principal. ¿Qué pasa luego?...

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