Recordatorio

Recordatorio

L. PEREZ BUENO

De La Real Academia de San Fernando
(De la publicación del Ayuntamiento de Alicante titulada “Valores Españoles. Libro de Oro” en 1951).

Evocado el pasado, después de recurrir a los camaranchones de la memoria, hemos deducido que, por lo menos desde los últimos diez años del siglo XIX, éramos en Alicante, entre jóvenes y viejos, una legión de filarmónicos fervorosos, entre los que descollaban algunos melómanos, muy buenas personas, si bien algo tocadas de chifladura. La causa de esa dilección que, por comprender a todas las clases sociales, bien puede calificarse de ciudadana, hemos de situarla en el Teatro Principal, como fuente de origen, ya que sus actividades rara vez quedaban interrumpidas algunos meses en cada año. Sin perjuicio de representaciones de verso, más de comedias que de dramas, las jornadas líricas eran tan constantes que, salvo Madrid, Barcelona y Valencia, superaba Alicante a las demás capitales de provincia, en cuanto a calidad y número de funciones.

Estar en Alicante una semana gozando de temperatura primaveral en todo tiempo, sin temor a catarros y afonías, eran cuestiones más que atrayentes para que Julián Gayarre figurase en la compañía de ópera que durante unos días actuó en el Principal.

Enorme era la expectación por oír al rey de los tenores, al que la fama pregonaba en Europa y América como voz de maravilla. Bien merece dediquemos unas líneas a su extraordinaria calidad. El gran musicógrafo don José Subirá, en su admirable y reciente obra “Historia y Anecdotario del Teatro Real” memora lo que el Dr. Amalio Gimeno escribió después de haber estudiado la laringe de Gayarre: “La voz del eminente tenor, dijo, tenía aquella amplitud e intensidad incomparables, que aún en canto dulcísimo y en registro de cabeza hacía llegar a los más apartados lugares del teatro”, y comenta la facilidad con que Gayarre podía pasar desde el registro de pecho al de cabeza y viceversa, sosteniendo un canto spianato, y la soltura con que emitía el dó de pecho aventajando al mismo Tamberlick.

Los periodistas alicantinos, entre los agasajos con que obsequiaron al tenor, figuró una jira en una finca de la Huerta; un almuerzo con minuta de lo más típico de la cocina de la “terreta”.

Y ocurrió, que don Carlos Faes, persona culta y rica, quiso que en los salones de su casa diese un concierto Gayarre; a ese efecto le envió su secretario con carta blanca respecto a honorarios, y el tenor le contestó: “Agradezco al señor Faes su proposición, pero el que quiera oírme que vaya al Teatro Principal, pues me place más pasar el día con mis amigos los periodistas que cuanto pudiera pagarme aquel señor”.

Y así destruyó la leyenda de tacaño, despreciando hasta diez mil pesetas que llegaron a ofrecerle por un concierto. Y hay que advertir que por entonces, en los años de 1885 al 90, las tiples y tenores que en la cumbre de fama mundial estaban contratados en el Real, de Madrid, no cobraban más de cuatro a cinco mil pesetas por función.

Pocas compañías de ópera vimos después en el Principal, en el curso de algunos años, con artistas casi todos en deplorable decadencia, como, por ejemplo, el bajo Visconti, natural de Elche, número uno que había sido de los de su cuerda durante varias temporadas en el Teatro Real, de Madrid.

No habíamos oído en el Principal el “Otello”, de Verdi, hasta que lo cantó un tenor llamado Cardinali, émulo de tamango en dicha ópera, por el volumen y extensión de su voz. Amistamos con él, el doctor don Antonio Rico y yo, y un buen día, dando un paseo, nos fuimos al castillo de Santa Bárbara, y allí, en el baluarte, mirando al mar, que, como una mancha de límpido azul se perdía en el lejano horizonte, acariciados por una leve brisa, quieras que no, hicimos entonar a Cardinali, a plena voz, el vibrante cántico de alegría con que en el primer acto del “Otello” da cuenta al pueblo de Venecia de haber vencido el orgullo musulmán. Hago constar que la idea fué del doctor, pues mi papel se redujo a ser acompañante, oyente, y el haber obtenido permiso para entrar en el castillo, concedido por un primo mío, teniente del Real Cuerpo de Artillería, destinado en Alicante, con el cargo de “Comandante de Artillería de la Plaza”. De la que en un tiempo fué formidable fortaleza, sólo quedaban entonces como unidades de combate tres o cuatro cañones de bronce, que se cargaban por la boca.

Para las zarzuelas, así grandes como del género chico, clásicas y modernas, tuvo el Teatro Principal, por el celo y afición de sus propietarios y administradores, noble y desinteresada protección. El espectáculo de zarzuela llegó a constituir parte integrante e indispensable en el vivir alicantino durante algunos meses cada año. Los sábados, por la noche, y los domingos, tarde y noche, los llenos eran formidables. En el género clásico, las de Barbieri eran las más aplaudidas. Sus representaciones, como las del género grande, exigían no sólo excelentes cantantes, sino también buenos actores, que supieran sentir y bien la parte declamada. Calderones y fiorituras se aplaudían y repetían indefectiblemente en la romántica “Marina”, de Arrieta, que sigue gozando de perdurable juventud y considerada como piedra de toque para destacar a los artistas de zarzuela. El “Jorge” del tenor Casañas era insuperable, por su entusiasmo y brío, no quedándose a la zaga el viejo barítono Lacarra.

De vez en cuando hacían acto de presencia muy mantenida en nuestro teatro, las obras que habían obtenido éxito resonante en Madrid, entre ellas, la veterana “Gran Vía”, en la que el barítono Sigler ponía cátedra en un “Caballero de Gracia” impecable. Tenía el don este artista de engrandecer los papeles más secundarios, y el público le colmaba de aplausos, tanto por su maestría como por su modestia.

Las producciones del inmortal Chapí se representaban todas las temporadas.

De los que llevaban la acción cantante y casi constante en el escenario del Principal, entre varias tiples, recuerdo como la más sobresaliente a la señora Roca, y de ellos, en primer lugar, el tenor Beltrami, de bella voz en todos los registros, infatigable y cabal protagonista de “La Tempestad”, la “Bruja” y el “Milagro de la Virgen”, singularmente, sin que olvidemos a Bonifacio Pinedo, extraordinario cantante y actor cómico, que, después de actuar mucho tiempo en Alicante, triunfó en los escenarios de Madrid.

De las jornadas líricas de los pasados tiempos os he dicho, amables lectores, de las actuales no podré formarme idea, mientras no me expliquen la causa o causas de que vayan surgiendo en España, en progresión continua, tantos ases, divos, divas, vedetes y supervedetes.

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