18/2/2016

ABC Cultura- Teatros -

jUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Madrid - 18/02/2016 a las 15:55:58h. - Act. a las 22:29:25h.

Innovadora aportación conceptual que Alberto Conejero ha atrapado al vuelo para que los pícaros Rinconete y Cortadillo echen a andar sobre el escenario. Más que versión, su trabajo es airosa reescritura, una especie de «fan fiction»

Sumario

Una de las claves geniales que Cervantes introdujo en la segunda parte del «Quijote» es la conciencia del Caballero de la Triste Figura como personaje, innovadora aportación conceptual que Alberto Conejero ha atrapado al vuelo para que los pícaros Rinconete y Cortadillo echen a andar sobre el escenario. Más que versión, su trabajo es airosa reescritura, una especie de «fan fiction» que hace proseguir la vida de los dos compañeros de correrías décadas después de su etapa sevillana junto al capo Monipodio.

En un estupendo envite argumental, Pedro del Rincón y Diego Cortado, maduros y machacados por la vida, se presentan en la Corte durante el sepelio de Felipe III para intentar que el nuevo Rey,Felipe IV, prohíba la difusión de la novelilla de Cervantes que ha falseado sus vidas. Retenidos como alborotadores en una estancia que, merced a un telón de fondo, evoca la del cuadro de «Las meninas» aunque sin meninas, repasan los tumbos de su existencia.

Son dos perdedores en la carretera, Vladimiro y Estragón que esperan restablecer una verdad seguramente menos lucida que la literaria, dos personajes en busca de su autor para cantarle las cuarenta, un par de criaturas errantes que recuerdan para no dejar de existir, un ñaque de cómicos de la legua que parodian su propia historia. Conejero construye un homenaje cervantino que es una fiesta metateatral y de la intertextualidad, con el ayer como perspectiva crítica del ahora. Así, cuando recuerdan el memorial donde Monipodio llevaba cuenta de sus fechorías, junto a las cuchilladas de la semana surgen los registros judiciales a la sede de un partido, los eres andaluces y las comisiones catalanas del tres por ciento… Ningún títere salva la cabeza en el recuento.

Salva Bolta lleva a escena todo ese torrente imaginativo con brillante desenvoltura y fluida comicidad en la que tiene sitio lo patético. Baza principal son las interpretaciones de Rulo Pardo y Santiago Molero, Rinconete y Cortadillo respectivamente y ya veinte años funcionando como Sexpeare. Vestidos por Tatiana de Sarabia que mezcla con gracia el aliño barroco y el chándal poligonero, dan un recital de gestualidad cuando hablan con las palabras de Cervantes; son Los Pecos, rapean, interpretan con pitos carnavalescos himnos y melodías televisivas, y protagonizan una soberbia y emocionante escena última que es toda una reflexión existencial: Rinconete maquilla al agonizante Cortadillo y luego a sí mismo, son dos viejos payasos en la última vuelta del camino.

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