5/5/2012

LA LOBA

El País. Cultura. Puro Teatro

La comida de las fieras

Marcos Ordóñez

LA LOBA

Les encantará odiar a Regina Hubbard, una Nuria Espert suculenta de maldad.

Sumario

La loba (The Little Foxes, 1939) podría llamarse La zorra, pero sonaría mal. Los zorritos (acorde al original) tampoco pita. El título viene de la Biblia: Salomón habla de “los pequeños zorros que devastan los viñedos y agrian el vino”. La comida de las fieras hubiera estado bien, pero se le ocurrió antes a Benavente. Lillian Hellman se inspiró en sus parientes de Alabama, los Marx y los Newhouse, para inventar a los Hubbard, una familia de comerciantes enriquecidos por la Guerra de Secesión. Profundamente demócratas: han crecido explotando por igual a esclavos algodoneros y aristócratas arruinados. Es capitalismo salvaje (capitalismo, a secas) de segunda generación: sus padres ya expoliaron el Oeste.

Yo creo que ese tipo de material está mucho más hondamente tratado por los narradores y cineastas americanos que por sus autores dramáticos. O’Neill lo sobrecargó de tragedia (A Electra le sienta bien el luto) y Hellman lo lleva al thriller melodramático, con poderosos golpes de teatro, pero superficial y maniqueo. A un lado, los buenos buenísimos: James Hiddens, el marido, un santo varón; Alexandra, la hija honesta a carta cabal, y la encantadora y victimizada tía Birdie. Al otro, los Hubbard: la taimada Regina, casada con James; los hermanos Malasombra (Ben y Oscar), que rivalizan en codicia y trapacería, y Leo, el hijo de Oscar y Birdie, tan corto como venal. Los golpes de teatro son dos y giran en torno a una caja de bonos y unas gotas cordiales. Y tres sus grandes escenas: la chejoviana confesión de Birdie y los sucesivos enfrentamientos de Regina con James y con su hija. ¿Se ha quedado anticuada La loba? Tal vez el problema estribe en que ya hemos visto muchas obras en esa línea y recibimos lo que fue primer plato como una sopa recalentada. Y es muy posible, en definitiva, que le falte ese toque de poesía y de locura que separa el melodrama astuto de la obra de arte. Ernesto Caballero ha hecho una versión muy eficaz (sobre traducción de Ana Riera) aunque diría que bastante recortada, y con cambios curiosos: los Giddens pasan a ser los Hiddens, y Horace se convierte en James. Gerardo Vera la ha servido muy bien, con alguna pega que luego comento: predomina la solidez del reparto y el óptimo cuidado de la escenografía (que también firma), la luz y el vestuario, a cargo de Gómez-Cornejo y Franca Squarciapino. El reparto me pareció un tanto subido de edad: en el original son todos más jóvenes. Quien más sale perdiendo es el personaje de Alexandra, que pasa de adolescente a cuarentona. Se acepta la convención, pero el conjunto chirría un poco. La loba es, ante todo, una pieza para una superactriz con ganas de anudarse el moño, alzar la ceja y divertirse haciendo de bicho que picó al tren. Regina Hubbard no tiene demasiadas capas, pero lo compensa con una personalidad arrasadora, y eso es, fundamentalmente, lo que ha de aportarle toda actriz que la interprete, desde Tallulah Bankhead hasta, por supuesto, Nuria Espert en el espectáculo del María Guerrero. Su Regina es como debe ser: comienza mundana, sensual y sardónica, se calienta al olor del dinero fresco, y cuando arrecian las intrigas fraternas asoma el monstruo perfecto, dispuesto a llevarse por delante todo lo que se interponga en su camino, talmente la mismísima locomotora del Big Chief (o del Silver Streak, otro tren mayúsculo en esa zona). Tiene sus motivos la señora: es muy triste y muy injusto ser pubilleta desposeída, pero también está muy feo llegar a lo que llega, aunque en todo melodrama es ley no escrita que cuanto más mala, más gozo. Hay, pues, una diversión esencial en el trabajo de la Espert, más cercana a las grandes villanas de Diana Rigg que al perfil de Bette Davis. Un vitalismo, una suculencia de la maldad que nos contagia su disfrute: parafraseando aquel viejo anuncio, la Espert en La loba es “la mujer a la que adorarán odiar”. Y es muy acertado el acorde final, cuando su rostro muestra devastación pero sin perder anhelo. Esa señora no se queda a pudrirse en la mansión, como una dama faulkneriana: la va a liar parda en Chicago, y es una pena que Hellman, que escribió una precuela de la obra (Another part of the forest, 1946), no nos contara las aventuras posteriores de Regina como jefaza de la CIA, de un megaburdel o de la General Motors. Victor Valverde (James, antes Horace) es un antagonista ideal y una soberbia idea de casting: pisa con pie muy firme y da a la perfección la elegancia, la honestidad, la fatiga extrema de su personaje. Impecable también Carmen Conesa, una de esas actrices que crece a cada nuevo trabajo: estupendo el enfrentamiento con la madre. Jeannine Mestre tiene el bombón de la tía Birdie, una criatura (y eso hay que reconocérselo a la autora) que anticipa todas las dolientes y alucinadas southern belles de Tennessee Williams. Golpeada por el canalla de su marido, despreciada por todos (por todos los malos, se entiende), Birdie tiene su gran momento, como decía antes, al comienzo del segundo acto, cuando evoca su plantación perdida, confiesa detestar a su único hijo (ya estaba tardando) y declara, en frase digna de O’Neill, que no ha tenido “un solo día completo de felicidad en veintidós años”. Es un pasaje de mucho lucimiento, y la tarde que vi la función le aplaudieron el mutis. Está muy bien Jeaninne Mestre, pero su composición tiene un punto “subido”, y quien dice subido dice demasiado “poético”. Quizás convendría un tono más neutro, más arrasado, para que ese monólogo nos partiera el corazón. Muy poderoso, notable de voz y de ferocidad (y a ratos un poco campanudo) el Benjamin de Héctor Colomé: me recordó a Arturo López, del mismo modo que Ricardo Joven (Oscar) me hizo pensar en la manera de Tomás Blanco. Markos Marín insufla humor y veracidad al desagradecidísimo personaje de Leo, cuyo arco radica en ir de bobo vanidoso a bobo pillado en falta. Muy sobrio, en su breve papel, Paco Lahoz en el rol de William Marshall, el empresario norteño. A Ileana Wilson, que interpreta a Addie, la criada negra, le ha marcado (o tolerado) Vera un estereotipo tonal que ya era artificioso en los días en que Hattie McDaniel le anudaba el corsé a Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó. Si De ratones y hombres es puro Broadway, como decía la semana anterior, La loba del María Guerrero es West End por los cuatro costados.

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