12/6/2015

EL MUNDO

Javier Villán, Madrid

LA PARÁBOLA DEL REY TARTAJA

El resultado es una pieza entre la poesía y el humor.

Sumario

La obra de teatro actualmente en el Español, El disurso del Rey, viene precedida de una película de gran éxito, lo cual es un arma de doble filo. Se supone que el antecedente del filme proporcionará una taquilla estimulante; mas las comparaciones son inevitables. Lo primero no lo sé, lo segundo es un riesgo superado porque Magüi Mira ha huido de cualquier referencia cinematográfica para centrarse en un lenguaje teatral y poético.

El resultado es una pieza entre la poesía y el humor; en realidad una historia de amor sin más ambiciones que la felicidad y la lealtad. La verdad es que para encontrarse un rey desprovisto de elocuencia no hay que irse tan lejos; claro que no es lo mismo un rey de discurso torpe que un rey tartaja. Jorge VI, familiarmente Berti, no es un tartaja simple, sino un tartaja absoluto de los que se atascan y no hay manera de que arranquen.

Al final, la paciencia de un logopeda, actor facasado que se redime con su papel de terapeuta, consigue el milagro: el rey, Jorge VI de Inglaterra, logra decir de un tirón el discurso más importante de su vida, una respuesta firme contra el expansionismo nazi. El triunfo de la voluntad, como argumento teatral y pese a la inteligente versión de Emilio Hernández, no interesa demasiado.

Desigual interpretación. Excelente Garbisu, duque de Windsor, en una escena de peso que mantiene con su hermano Berti. En Roberto Álvarez y Adrián Lastra, recae la máxima responsabilidad; Adrián Lastra tartamudea muy bien; Álvarez oscila entre el respeto a un rey y la campechanía de un pícaro bondadoso y leal. Todos los intérpretes son, a la vez, actores y espectadores, lo que obliga a una continua flexibilización del espacio escénico.

Por lo demás Magüi Mira, dentro de esa especie de cámara entre el humor y el amor, ha hecho un buen trabajo; quizá el mejor como directora hasta la fecha. Es, por lo menos, un trabajo arriesgado felizmente resuelto, aunque no acabo de explicarme el sonido de la cisterna del váter cada vez que Berti llega a la consulta.

No por cuestiones de elocuencia que, a la postre, es problema menor, sino por cuestiones de Estado alguien debiera atreverse con monarcas mucho más próximos. Es legítimo buscar la comercialidad; pero es más legítimo potenciar los autores españoles. Pérez de la Fuente, director del Teatro Español, siempre se ha distinguido por defender el teatro hispano y no sé si esta obra es cosa de él o se la endosaron.

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