19/4/2015

ARA MALIKIAN

Dominical EL MUNDO

Juan Carlos Rodríguez

ARA MALIKIAN

Es un bicho raro entre los instrumentistas. Lo mismo colabora con una banda de rock que con una sinfónica. "La idea es acercar la música clásica a todos los públicos: desde los más pequeños hasta los mayores", dice el libanés, que a lo largo de estos años ha ofrecido más de 4.000 conciertos

Sumario

ARA MALIKIAN, libanés virtuoso autor de más de 40 discos, hace de la música clásica algo accesible. "No soy un tipo estirado", dice.

Todavía conserva el pequeño violín con el que su padre le enseñó a tocar sus primeros acordes. "Para mí era como un juguete. Me lo puso debajo de la barbilla y ya no lo solté", recuerda Ara Malikian (Beirut 14 de septiembre de 1967), el popular violinista libanés de ascendencia armenia. Apenas tenía 7 años cuando estalló la guerra civil libanesa (1975-1990), de modo que sus primeras actuaciones transcurrieron en un refugio antiaéreo, con el sonido de las bombas de fondo. "Para mí no fue una experiencia dramática, porque de alguna manera los mayores nos ocultaban la ralidad. Salvando las distancias, me siento muy identificado con "La vida es bella", dice en referencia a la oscarizada película de Roberto Benigni.

La guerra le impidió acudir a un reformatorio, pero su progenitor, un violinista frustrado de carácter severo, domesticó su talento natural para la música. Un buen día, el director de orquesta alemán Hans Herbert-Jöris le escuchó tocar y le proporcionó una beca para estudiar en una prestigiosa academia de Hannover, donde ingresó a los 15 años. Fue el comienzo de una exitosa carrera profesional plagada de prestigiosos premios internacionales (Feliz Mendelssohn, Pablo Sarasate, Niccolo Paganini) que le han abierto las puertas de los mejores escenarios del mundo, desde el Teatro Real de Madrid al Carnegie Hall de Nueva York. Empeñado en liberar a la música clásica de su elitista corsé, acercándola a todo tipos de públicos, en sus desenfadados conciertos es capaz de mezclar a Bach con Radiohead y hasta de brincar en el escenario. "Es mejor ser bastardo que purista", afirma este virtuoso con alma de zíngaro, a quien el gran Rostropovich calificó como "el mejor violinista de su generación".

Su inagotable inquietud musical le ha llevado a profundizar en sus propias raíces armenias y a asimilar la música del Medio Oriente (árabe y judía) o de Centroeuropa (gitana y klezmer), sin olvidar el tango y el flamenco. Nómada por vocación (ofrece más de 300 conciertos anuales en unos 40 países) nos recibe en su ático del madrileño barrio de Malasaña con motivo de su nueva gira, que al igual que su último disco, estrenado en el Liceo de Barcelona, se titula 15 para celebrar los años que lleva viviendo en España. En el salón principal hay tapices de colores, pufs de estilo oriental, vinilos de su padre..., y ositos de peluche. Los balbuceos de su hijo Cairo, de 7 meses, serán el fondo de nuestra charla.

P.En una foto que ha colgado en Twitter aparece firmando autógrafos tras su último concierto en Italia. Más que un violinista de música clásica parece una estrella de rock...

R. (risas). Sí, en Italia salgo con la gira Paganini, un espectáculo musical con toque de humor. Siempre he luchado por sacar a la música clásica de la élite y acercarla a la gente normal. Estoy en contra de esa imagen distante, arrogante y estirada de los instrumentistas clásicos. Creo que hemos perdido mucho público jóven y es tiempo de recurperalo.

P. En sus actuaciones puede alternar una sonata de Bach con Paranoid Android de Radiohead. ¡Sacrilegio!

R. Yo amo tanto la música de Bach como la de Radiohead, y me gusta compartir mi música con el público. Genios ha habido en todas las épocas, y el tiempo decide quién pasa a la eternidad. En su época, Bach era considerado un poco casposo.

P. ¿Por qué rechaza los canales del virtuosismo?

R. Cuando era más joven estaba obsesionado con el virtuosismo, con la técnica, y si hoy vivo de la música es gracias a ese afán de perfeccionismo. Pero a lo largo de mi carrera he aprendido a reconocer qué es lo que demanda el público. Y lo que quiere es emocionarse. Cuando yo pago una entrada también quiero que la actuación me toque el alma.

P. ¿Cómo acaba un violinista libanés viviendo en España?

R. Por un cúmulo de casualidades. Yo vivía en Londres con mi chica y tras romper con ella regresé a Alemania. Por desgracia, a los pocos días se quemó mi casa. ¡Lo único que se salvó fue el violín! Para mí era la señas de que tenía que hacer un cambio drástico en mi vida. Y como antes había actuada en España y me había gustado, un verano me planté en Madrid. Con la suerte de que conseguí una de las dos plazas de concertino en la Orquesta Sinfónica de Madrid (OSM).

P. Allí conoció al gran violonchelista Rostropovich, quién senteció que usted era "el mejor violinista de su generación". ¿Se sintió tocado por la varita de Dios?

R. Rostropovich era muy majo, ¿eh? (risas). Él estaba dirigiendo a la OSM en el Teatro Real cuando el concertino que debía actuar en una obra de Korsakov se lesionó. Yo tuve que sustituirle de un día para otro, sin apenas tiempo para prepararme. Me escuchó tocar el violín y se quedó impresionado.

P. ¿Echa de menos programas de educación musical orientados a niños en la televisión pública?

R. Hoy apenas hay programas musicales en la tele, y es una pena. Realities como La Voz no tienen que ver con la música, sino con la fama. Hacen mucho daño porque no son reales: un concursante no se hace músico o cantante de un día para otro.

(fragmento.../...)

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